Alma.El parque estaba lleno de murmullos suaves: risas lejanas, niños corriendo, el canto distraído de un pájaro escondido entre los árboles. Alma caminaba despacio junto a Damián, sosteniendo su helado con cuidado.Se sentaron en una banca de madera, aún tibia por el sol de la tarde.—Te vas a derretir antes el helado que vos —bromeó Damián, dándole una mirada ladeada.Alma sonrió apenas.No respondió de inmediato.Estaba mirándolo.Había algo en la forma en que Damián hablaba, en cómo sus labios se curvaban al sonreír, que la desarmaba sin hacer ruido. No era deseo lo que sentía —no todavía—, era algo más profundo, más lento. Una cercanía que no pedía permiso.Los labios de él se movían mientras contaba alguna historia trivial, pero Alma dejó de escuchar las palabras. Su atención se quedó ahí, en ese gesto cotidiano, en la forma en que pronunciaba su nombre cuando la miraba.Sintió el pecho apretarse.No de miedo.De reconocimiento.Como si su corazón hubiera decidido algo antes qu
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