El ruido fue mínimo.Una pisada mal apoyada sobre grava húmeda.Un chasquido seco, breve, que no pertenecía al viento ni a la casa.Damián lo oyó.No se giró de inmediato.Ese fue su error.—Sueltala.La voz salió desde atrás, grave, contenida, con una calma que no era natural. No era la calma de quien duda, sino la de quien ya decidió.Alma se estremeció.No tuvo que ver el arma para saberlo. Lo sintió en el aire, en la tensión súbita que cruzó el cuerpo de Damián, en el modo en que sus dedos dejaron de moverse.—Despacio —repitió la voz—. Un paso atrás. Ahora.Damián obedeció.No porque tuviera miedo.Sino porque era inteligente.Dio un paso atrás, levantando las manos con parsimonia, como si la escena fuera una negociación y no una emboscada.—Vaya —dijo, sin volverse del todo—. Pensé que tardarías más.Alma giró la cabeza.Y lo vio.Gael estaba a unos metros, con el arma firme, sostenida con ambas manos, los brazos tensos pero estables. No temblaba. No dudaba. Su mirada estaba fij
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