El colapso no fue dramático. Eso fue lo que más perturbó a Ximena después, cuando intentó reconstruir la secuencia de eventos con la distancia clínica que exige la memoria para volverse soportable. No hubo grito, no hubo convulsión espectacular. Augusto Monteverde simplemente dejó de sostenerse.Había tomado la fotografía con ambas manos, esa imagen de Valentina con diecisiete años, sonriendo frente a una fachada que Ximena había identificado como la clínica de Monterrey donde la internaron tres meses antes de que desapareciera del registro oficial. La sostuvo durante cuatro o cinco segundos, el tiempo suficiente para que el color abandonara su cara con una eficiencia casi metódica, y luego sus rodillas cedieron sin aviso.Cayó hacia la derecha. El vaso de agua se derramó sobre los documentos del orden del día. Uno de los consejeros, un hombre de cabello plateado que Ximena había visto firmar contratos sin inmutarse, retrocedió su silla con un chirrido que resonó contr
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