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El fuego no avisa. Simplemente ocurre.

A las tres y cuarto de la madrugada, el vigilante nocturno de la Fundación Alcántara llevaba cuarenta minutos dormido en su silla cuando el detector de humo del tercer piso comenzó a aullar. Para entonces, el archivo central ya ardía con esa voracidad metódica que solo tienen los incendios que alguien ha planificado: el combustible distribuido en los puntos correctos, las ventanas selladas para que el oxíg

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