La puerta del penthouse no hizo ruido al abrirse.Thiago había aprendido, en los últimos meses, a moverse dentro de ese espacio con una conciencia casi física de cada sonido posible: el clic del seguro, el susurro de las bisagras, el roce de sus propios zapatos contra el mármol. Era un hábito de hombre acostumbrado a llegar tarde y a no querer despertar a nadie. O tal vez era otra cosa: la costumbre más antigua de no anunciarse, de observar antes de ser visto.Esa noche, sin embargo, la precaución no le sirvió de nada.El penthouse estaba destrozado.No de forma violenta, no como si alguien hubiera arrasado el lugar con furia. Era otro tipo de desorden: el de alguien que ha buscado durante horas algo que no sabe exactamente cómo nombrar. Los archivos que Ximena había organizado con esa meticulosidad suya, casi obstinada, estaban esparcidos por el suelo de la sala en capas irregulares, como estratos de una excavación abandonada a medias. Algunas hojas habí
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