El Panteón Municipal de Guadalajara no tenía la vocación ornamental de los cementerios capitalinos. Aquí los muertos descansaban sin pretensiones, en hileras de nichos encalados que se extendían bajo la sombra de los eucaliptos como una ciudad en miniatura, silenciosa y ordenada. A las siete de la mañana, la neblina del Bajío todavía se pegaba a las losas, y el frío húmedo de enero calaba distinto al de la Ciudad de México: más limpio, más honesto, sin el filtro de la contaminación que suavizaba los bordes de todo.Ximena caminaba entre las tumbas con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo oscuro. No miraba las inscripciones. Las conocía de memoria: había visitado este lugar cuatro veces en los últimos doce años, siempre en noviembre, siempre sola, siempre con flores blancas que dejaba marchitar sobre el nicho de su abuela porque a Leonora le
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