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El certificado tenía el peso específico de las cosas irreversibles.

No era un documento extenso. Apenas una hoja de papel oficial con membrete del Registro Civil de Guadalajara, fechada el diecisiete de marzo de mil novecientos noventa y cuatro, con sellos que el tiempo había vuelto borrosos pero no ilegibles. Sebastián lo depositó sobre la mesa de cristal del penthouse con la misma delicadeza con que se depositan las malas noticias: sin ceremonia, si

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