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La Torre Obsidiana tenía la costumbre de tragarse a la gente. No de forma violenta, sino con esa eficiencia silenciosa propia de los edificios diseñados para intimidar: los techos altos, el mármol negro que absorbía la luz en lugar de reflejarla, los pasillos que conducían siempre hacia adentro y nunca hacia una salida visible. Ximena lo notó en cuanto cruzó las puertas giratorias a las ocho en punto de la mañana, con el expediente de Ha

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