La madrugada en Grupo Obsidiana tenía ese silencio particular de los edificios corporativos antes del amanecer, cuando las luces de emergencia proyectaban sombras alargadas sobre el mármol y el aire acondicionado zumbaba con monotonía industrial. Thiago caminó por el pasillo del piso ejecutivo con el sobre manila presionado contra su costado, sintiendo el peso del papel como si transportara explosivos.Sebastián lo esperaba en la oficina privada, de pie junto a las ventanas que daban al Paseo de la Reforma todavía oscuro. A su lado, un hombre de unos sesenta años con cabello gris perfectamente peinado y lentes de montura metálica revisaba documentos sobre el escritorio. El Dr. Armando Cortés, forense jefe del Instituto de Ciencias Forenses, había sido compañero de universidad de Sebastián. Más importante: era uno de los pocos profesionales en México cuya integridad no estaba en v
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