El día segundo se instaló sobre la Ciudadela de Hierro con una atmósfera de una pesadez casi física, como si el aire mismo se hubiera transformado en mercurio. Astraea despertó antes de que la primera luz del alba, filtrada por un cielo cargado de presagios, tocara los muros de piedra negra. Permaneció inmóvil en su lecho, escuchando. No escuchaba los sonidos habituales del despertar del castillo; escuchaba la vibración de las arterias del mundo. Podía sentir el flujo de la savia en los árboles del valle, el rozar de las escamas de una serpiente en las mazmorras y, sobre todo, el latido desacomasado de miles de lobos que se habían congregado a las puertas de la fortaleza. Su cuerpo, en este penúltimo día, era una obra maestra de la contención biológica. Su piel, aunque conservaba la suavidad de la seda, se sentía fría al tacto, una barrera de porcelana que ocultaba un núcleo de densidad absoluta. Sus huesos ya no solo eran fuertes; se habían vuelto compactos, pesados, dotándola de una
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