La luz grisácea del amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo, pero no traía consigo la paz habitual del día. Astraea permanecía sentada en el borde de la cama, observando la mancha de ceniza sobre la mesa de noche donde, apenas unas horas antes, descansaba la rosa negra. La palabra "Heredera", trazada en el polvillo oscuro, parecía quemar la madera y su propia cordura. Su mente, agudizada por la hibridez, no dejaba de dar vueltas al significado. No era solo un recordatorio de su sangre de vampiro; era una invocación a algo más profundo, algo que los diarios de su madre apenas empezaban a susurrar.Valerius dormía a su lado, con el torso desnudo y la respiración profunda del guerrero que ha encontrado un breve respiro. La cicatriz de la marca en su nuca palpitaba suavemente, una conexión constante que le permitía a Astraea sentir el calor de su lobo incluso en el silencio. Se quedó observando la línea de su mandíbula, la fuerza en sus hombros y la vulnerabilidad de s
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