El día ocho comenzó con una quietud que solo puede compararse con el ojo de un huracán. La Ciudadela de Hierro, una construcción de piedra negra y picos afilados que desafiaba al cielo, parecía contener la respiración. Astraea se encontraba en su balcón privado, observando cómo la escarcha de la mañana se aferraba a las gárgolas de granito. El frío, que antes la hacía temblar y buscar el calor de una chimenea, ahora le resultaba extrañamente acogedor. Era como si su temperatura interna hubiera bajado un par de grados, armonizándose con el invierno eterno del territorio Lycan.Astraea permaneció inmóvil mientras el sol, un disco pálido y carente de calor, intentaba perforar el banco de nubes cenicientas que cubría el valle. Se miró las manos; sus dedos eran largos, elegantes, con uñas que conservaban una apariencia humana pero que poseían la dureza del diamante. No había garras, ni vello, ni rastro de la transformación que cualquier lobo de su edad ya habría experimentado con creces. S
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