Valentina despertó con la sensación extraña de haber soñado algo demasiado vívido. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo desconocido, intentando reconstruir los recuerdos dispersos de la noche anterior: el bar, el pasillo, el miedo, aquella voz. Entonces giró levemente la cabeza y lo vio sentado en el borde de la cama, inclinado hacia ella, como si hubiera estado velando su sueño durante horas.—Buenos días, dormilona. ¿Descansaste bien?El corazón le dio un vuelco. No había sido un delirio. No había sido producto del cansancio ni del estrés. Su padre estaba allí, más canoso, más envejecido, pero real. Los ojos se le llenaron de una felicidad infantil que no sentía desde hacía años.—Buenos días, papá… —susurró, incorporándose un poco—. ¿Dónde estoy?Él bajó la mirada un instante, como si le avergonzara la respuesta.—Estamos en mi casa… Es algo pequeña. Imagino que no es para nada como la casa de ese tipo.Valentina negó enseguida, con una sonrisa cálida que d
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