Los días pasaron sin más inconvenientes. El ritmo del café se volvió vertiginoso: proveedores que confirmar, detalles de decoración que ajustar, permisos que firmar, listas que parecían no terminar nunca. Faltaba muy poco para la inauguración y, aun así, siempre aparecía algo nuevo que resolver.Valentina comenzó a notar algo que no esperaba. Le gustaba. Le gustaba tomar decisiones rápidas, solucionar imprevistos, negociar precios, organizar horarios. Estar ocupada la hacía sentir capaz, fuerte, dueña de algo que era completamente suyo. Resolver conflictos se le daba bien… y lo disfrutaba.Sin embargo, en medio de esa satisfacción constante, el pensamiento volvía una y otra vez al mismo lugar.Agustín.“Quizás debería tomarme un día antes de inaugurarlo y pasarlo con él”, pensó mientras le indicaba al gasista dónde estaba la conexión. Señaló la pared, explicó los planos, respondió una llamada y, en cuestión de segundos, su mente volvió a dispersarse entre presupuestos y entregas pendie
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