—Dime de una vez qué quieres.
Su voz salió firme, pero por dentro la sangre le hervía. No iba a suplicar. No delante de él.
El hombre no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Sacó el teléfono del bolsillo con lentitud calculada y tecleó algo sin apartar los ojos de su hijastro. El gesto era casi casual, como si estuviera enviando un mensaje cualquiera. El sonido del envío retumbó en el espacio vacío.
—Ábrelo.
Sebastián sintió la vibración en su propio teléfono. Lo sostuvo sin desbloquearlo