El arma seguía firme en la mano de Sebastián, apuntando directo al pecho del hombre que le había arruinado la vida. El dedo descansaba sobre el gatillo. Bastaba una mínima presión. El silencio era tan espeso que parecía pegarse a la piel.
Valentina dio un paso hacia él, despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible.
—Sebas… no lo hagas.
Su voz no fue un grito. Fue un susurro firme, cargado de miedo y de amor al mismo tiempo.
Sebastián no bajó el arma. Sus manos tem