El viernes transcurrió inusualmente ligero en la empresa. Sebastián logró resolver todos los pendientes antes de las cuatro de la tarde y, por primera vez en semanas, no sintió ese peso constante presionándole las sienes. Observó el reloj unos segundos, pensó en lo extraño que resultaba terminar todo tan pronto y, casi sin darse tiempo a cambiar de opinión, reunió a su personal.Les anunció que podían retirarse antes, que el fin de semana empezaba temprano. Hubo aplausos, sonrisas, agradecimientos sinceros. Cada día, aquel jefe tirano se ablandaba más y más. Muchos aseguraban que era gracias a Isabel; otros murmuraban que el cambio había comenzado con aquella chica dulce de cabellos rubios que había desaparecido misteriosamente.Algunos le estrecharon la mano, otros bromearon con que era el mejor jefe del mundo. Sebastián respondió con media sonrisa —lo cual ya era mucho tratándose de él—, pero su mente estaba en otro lugar.En vez de conducir directo a casa, tomó un desvío y estacion
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