La mañana del domingo era una fiesta contenida frente al centro comunitario. El viejo bus escolar, ahora transformado en una nave de sueños con sus franjas rojas y negras pintadas a mano, resoplaba como un dragón domado. Dentro, la energía era un voltaje puro: risas que estallaban por nervios, el thump-thump del parlante portátil, el brillo de las lentejuelas bajo la luz que entraba por las ventanas sucias. Lena repasaba una coreografía en el pasillo, Mateo, con los auriculares puestos, observaba el ajetreo con una expresión que no era de fastidio, sino de una concentración inusual, casi expectante.Doña Ester Julia, envuelta en un chal a pesar del bochorno, los supervisaba desde la sombra del umbral. Pero algo andaba mal. Su rostro, siempre tallado en madera dura, estaba pálido, con un brillo enfermizo de sudor en la frente. Cuando Ana María, lista con su ropa cómoda de viaje, dio la última instrucción, la anciana alzó una mano temblorosa.— Niños… —su voz, un susurro ronco, los sile
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