Hubo un silencio eterno. El sargento parecía sopesar algo. Finalmente, asintió hacia sus subordinados.
—Déjenlos pasar. Están retrasados. —Luego, miró a Ana de nuevo—. Tengan cuidado por este camino. No es lugar para perderse. Sigan derecho, no tomen desvíos.
La orden fue como un golpe de oxígeno. Los agentes más jóvenes, aunque con algo de frustración, movieron los bidones. Ana, con un nudo en la garganta, apenas logró murmurar un "gracias". Puso el bus en marcha, pasando lentamente por la abe