El silencio que precedió al anuncio era un ser vivo, opresivo y denso, que se colaba en los pulmones y pesaba sobre los hombros. En el backstage, el tiempo parecía haberse coagulado. Los Alegres de La Esquina Negra estaban enlazados, un organismo único de nervios y esperanza. Lena tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza que parecían fundidos. Otro chico mascullaba una oración rapidísima, los ojos cerrados con fuerza. El aire olía a sudor dulce, a tela caliente y a un miedo brillante, el miedo a estar a un paso del sueño.Ana, en el centro del grupo, sentía un torbellino dentro del pecho. La profesional serena se había desintegrado. Ahora era solo un corazón latiendo a toda velocidad, un nudo en la garganta, una fe desesperada. Por ellos, pensó, clavando las uñas en sus propias palmas. Después de todo lo de hoy, el universo les debe esto. Se lo debe.Al otro lado, Los Rayos del Valle eran un espejo de tensión, muchachos y muchachas pálidos, conteniendo la respiración.El speaker
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