Amelia llevaba casi una hora frente al espejo. Y ya había perdido la cuenta de cuántos vestidos se había probado. Las prendas formaban montoncitos desordenados sobre la cama: beige, blanco, azul cielo, uno de flores, otro demasiado corto, uno tan simple que parecía para estar en casa y otro tan elegante que parecía para una boda.—No, este es muy básico —murmuró mirando el reflejo y frunciendo el ceño. —Este otro… demasiado provocador. ¡Argh! Amelia, cálmate, es solo Erick… solo vas a comer sushi con Erick… solo Erick… —repitió intentando convencerse.Pero su corazón no parecía escuchar la lógica. Porque ese solo Erick era alto, varonil, guapo, inteligente, cariñoso y olía tan bien. Ese solo Erick era el hombre que había amado más que a su propia vida. El hombre al que había perdido y que ahora estaba ahí, a pocos pasos de su cabaña, respirando el mismo aire, sonriéndole como si no hubiera pasado ni un día y haciendo todo lo posible para sanar su corazón.Amelia apoyó las manos en la
Leer más