Amelia estaba frente al espejo, acomodando por última vez un mechón rebelde detrás de la oreja, cuando el timbre sonó a las nueve en punto. Se sobresaltó. Ella esperaba caminar hasta la cabaña de Erick… no que él llegara a buscarla.
Abrió la puerta y lo encontró ahí, con esa sonrisa grande que no sabía disimular cuando estaba feliz, con las manos atrás como si ocultara un secreto importante.
—Erick… —dijo sorprendida— ¿qué haces aquí? Quedamos de vernos en tu casa.
—Lo sé —respondió él, con ese