Al otro lado de la ciudad, mientras Amelia y Erick se entregaban a su amor, Patrick irrumpió en la mansión como una tormenta fuera de control. La puerta principal se cerró de golpe tras él, vibrando contra el mármol pulido que tantas veces había pisado con arrogancia. Esa noche, sin embargo, no había triunfo en su andar. Solo furia.—¡¿Cómo mierda pasó esto?! —rugió, lanzando el abrigo contra una escultura que se hizo añicos al caer.Caminaba de un lado a otro, desordenado, descompuesto. El whisky terminó estrellado contra la pared, tiñendo de ámbar los cuadros carísimos que ya no significaban nada. Todo su imperio, su “gran obra”, se le escapaba de las manos como arena.Su amante lo seguía a distancia, con cautela. Ya no había seguridad en su mirada, solo miedo.—Patrick… cálmate —intentó decir, con la voz temblorosa—. Buscaremos una salida, como siempre…Él se detuvo en seco y giró lentamente.—¿Una salida? —repitió, con una risa amarga—. ¿Tú entiendes lo que está pasando o eres est
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