La oficina de Patrick Rivas, antes impecable y ordenada como un templo de lujo, estaba convertida en un campo de batalla. Papeles rotos, carpetas tiradas por el suelo, vasos de cristal hechos añicos, y el teclado de su computador partido en dos contra la pared.
Su secretaria —la misma con la que se revolcaba en esa oficina mientras Amelia lo esperaba en casa— lo observaba desde el umbral con el maquillaje corrido y un temblor visible en las manos.
Patrick sostenía un informe arrugado entre los