CAPÍTULO 35 — Lo que no se puede ocultar.
Amelia y Erick caminaban tomados de la mano por el sendero que llevaba a su cabaña, envueltos en esa burbuja tibia que solo ellos parecían ver. Erick estaba diferente: relajado, sonriente, con esa mirada luminosa que ella recordaba de los mejores días de su relación. Y Amelia, aunque aún temblaba por dentro, no se soltaba de su mano.
—Y así fue como entramos a la bolsa —contaba Erick, haciendo gestos suaves con la mano libre—. Fue un movimiento calculado, pero justo ese día Miguel casi se desma