El mundo pareció detenerse. Escuchar las palabras en su voz fue como recibir un disparo en el centro del pecho. La furia se mezcló con un dolor tan agudo que me obligó a soltarla y dar un paso atrás, jadeando como si me faltara el aire. Ella se hundió en el escalón, ocultando el rostro entre las rodillas, sollozando sin control. —¿Cómo pudiste? —le pregunté, y mi voz ya no era un grito, sino un lamento cargado de veneno—. Me lo quitaste todo, Alexandra. Me robaste sus primeros pasos, sus primeras palabras... me robaste el derecho a ser el hombre que él necesita. Me convertiste en un monstruo de frialdad mientras mi sangre crecía lejos de mí. Me giré hacia el pasillo, buscando instintivamente la presencia del niño, el eco de su risa. La rabia volvió a encenderse, pero esta vez con un propósito claro. —No vas a volver a quitármelo —sentencié, volviendo a clavar mi mirada gélida en ella—. A partir de este segundo, tu libertad se ha terminado. No me importa el Grupo Montenegro, no m
Leer más