Caminé lentamente hacia la escalera. Cada paso pesaba una tonelada. La rabia que me había traído hasta aquí se transformó en algo mucho más complejo: un dolor sordo mezclado con una ternura salvaje que amenazaba con derribar mis muros. Me puse a su altura, apoyando una rodilla en el escalón inferior para quedar frente a él.
De cerca, el parecido era devastador. Thiago me observaba con la cabeza ligeramente ladeada. Estiré una mano, con los dedos temblando —yo, el hombre de hielo que no pestañ