Sentí un dolor agudo en el pecho, un peso que no era rabia, sino una verdad devastadora: si me lo llevaba ahora, yo me convertiría en el monstruo que ella siempre temió. Si los separaba, estaría rompiendo la única cosa pura que había surgido de nuestro desastre.
Aflojé los puños. Exhalé un aire que parecía llevar contenido tres años de veneno. Me puse a la altura de Thiago una vez más y, con una suavidad que no creía poseer, le limpié la lágrima con el pulgar.
—Está bien, Thiago —dije, y mi