El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un color naranja, cuando la energía de Thiago finalmente cedió. Se quedó dormido en los brazos de Rodrigo, con la cabeza apoyada en su hombro, confiando plenamente en un hombre que, hasta hace unas horas, era un extraño. Ver esa entrega me dio el valor —o quizás la desesperación— que necesitaba para romper el muro que yo misma había levantado. —Rodrigo —susurré, mi voz apenas un hilo quebradizo que se perdía en la inmensidad del parque privado. Él no se volvió de inmediato. Se tomó su tiempo para acomodar la manta sobre las piernas del niño, con una devoción que me hacía sentir como la villana de una historia que yo misma había escrito. Cuando finalmente me miró, no encontré el fuego de sus antiguos reclamos, ni la pasión de nuestras discusiones. Solo encontré una calma plana, una superficie de hielo donde antes hubo hogar. —Perdóname —solté, y las palabras salieron como si me desgarraran la garganta—. Fui una cobarde, Rodrigo. F
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