El nombre "Thiago" se había quedado grabado en mi mente como una espina que no dejaba de hincar. Al llegar a mi despacho, el silencio habitual ya no me traía paz, sino una urgencia salvaje. Me serví un vaso de whisky, pero no lo bebí; me limité a observar cómo el ámbar se movía contra el cristal mientras marcaba el número que solo usaba cuando necesitaba resultados sin dejar rastro.
—Investígalo —ordené en cuanto escucharon mi voz al otro lado—. Se llama Thiago. Tiene tres años. Alexandra Mon