Ella seguía en el suelo, con los hombros sacudidos por sollozos que parecían arrancarle el alma. Quise agacharme. Quise tomarla en mis brazos y decirle que yo también me había roto aquel día, pero mi mano se detuvo en el aire. Pasé tres años buscandola sin saber de mi hijo, y eso era demasiado grande para resolverlo con un gesto.
—Tengo que irme —solté de repente. Mi voz sonó extraña, despojada de su autoridad glacial, teñida de una vulnerabilidad que me aterraba.
—Rodrigo... —ella levantó