El motor de mi coche rugió frente a la verja de la mansión Montenegro, un sonido que cortó el silencio sepulcral de la propiedad como un heraldo de guerra. No esperé a que el interfono respondiera. Empujé los portones con el parachoques de mi vehículo, el metal chirrió y cedió ante la fuerza bruta de mi impaciencia. Frené en seco frente a la escalinata principal, levantando una nube de grava y polvo.
Bajé del coche con el sobre manila apretado en mi mano derecha. Sentía la sangre galopar en m