(Rodrigo)
Me mantuve oculto tras la sombra de un mausoleo de granito gris, a escasos veinte metros de ella. Mi presencia allí era una contradicción viviente, un insulto a la promesa de indiferencia que me había hecho a mí mismo frente al espejo esa mañana. Había jurado que Alexandra ya no era más que un nombre en un contrato, pero cuando la vi salir de la empresa con los hombros caídos, algo primario y oscuro en mi interior me obligó a seguirla.
La observé desplomarse frente a la tumba de su