El regreso a la mansión de los Montenegro no fue el triunfo de una heredera, sino el funeral de mi anonimato. Al cruzar el umbral de hierro forjado, sentí que los muros de piedra se cerraban sobre mí, reclamándome como parte de una historia de la que intenté escapar desesperadamente. A mi lado, mi madre caminaba con la espalda erguida, pero sus manos temblaban mientras sostenía su bolso de diseñador, un accesorio que parecía fuera de lugar en este escenario de abandono. Y en medio de nosotras, ajeno a la tragedia griega que representaba este lugar, caminaba Thiago. —¿Aquí vamos a vivir, mamá? —preguntó Thiago con su vocecita llena de asombro, soltando mi mano para correr hacia la escalinata de mármol. —Solo por un tiempo, mi amor —respondí, aunque mi garganta se cerraba ante la mentira. Thiago, con sus tres años recién cumplidos, era un estallido de vida en medio de este mausoleo. Al verlo subir los escalones con esa energía inagotable, no pude evitar imaginar a Rodrigo a su eda
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