El mundo pareció detenerse. Escuchar las palabras en su voz fue como recibir un disparo en el centro del pecho. La furia se mezcló con un dolor tan agudo que me obligó a soltarla y dar un paso atrás, jadeando como si me faltara el aire. Ella se hundió en el escalón, ocultando el rostro entre las rodillas, sollozando sin control.
—¿Cómo pudiste? —le pregunté, y mi voz ya no era un grito, sino un lamento cargado de veneno—. Me lo quitaste todo, Alexandra. Me robaste sus primeros pasos, sus prim