El cielo sobre el cementerio se había teñido de un gris plomizo, como si la ciudad misma guardara luto por mi regreso. Conducir hasta aquí fue un acto de masoquismo necesario; necesitaba un anclaje, alguien que me escuchara sin juzgarme con esa frialdad que Rodrigo había perfeccionado. Al bajar del coche, el viento frío me azotó el rostro, pero no me importó. Caminé por los senderos de mármol y cipreses hasta llegar al panteón familiar de los Montenegro.
Me desplomé frente a la lápida de mi pa