El amanecer en los Pirineos no trajo luz, sino una claridad grisácea y gélida que parecía filtrar toda esperanza del paisaje. Dentro de la cabaña "L’Abîme", el ambiente estaba cargado con el olor del café fuerte, el metal de las armas recién aceitadas y el aroma suave, casi doloroso, del champú infantil de Elena. Alessandro y Bianca se movían por el espacio con una economía de movimientos que delataba su pasado operativo; cada bota ajustada, cada cargador revisado, era un paso más hacia un abismo del que quizá no regresarían.La despedida de Elena fue, sin duda, la prueba más dura que ambos habían enfrentado, superando incluso las torturas físicas de sus años en la mafia. Alessandro se arrodilló frente a su hija en el pequeño salón iluminado por la luz azul de los monitores de Janet. La niña, con sus ojos grandes y llenos de la sabiduría prematura de quienes han vivido el miedo, sostenía su oso de peluche contra el pecho.—Escúchame bien, pequeña loba —dijo Alessandro, su voz era un s
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