El cementerio de Saint-Pierre se alzaba en el corazón de Marsella como una ciudad de silencio, un laberinto de avenidas flanqueadas por mausoleos neoclásicos y ángeles de piedra que parecían observar a los vivos con una mezcla de lástima y desdén. La niebla matutina, cargada de la humedad del Mediterráneo, se enredaba entre las cruces de hierro forjado, creando una atmósfera de irrealidad. Alessandro y Maya caminaban por el sendero principal, sus pasos resonando sobre la grava húmeda con una cadencia militar.Alessandro vestía una gabardina oscura que ocultaba la silueta de su arma, su mirada escaneando cada nicho y cada sombra con la paranoia de quien sabe que el suelo que pisa está sembrado de traiciones. Maya, a su lado, mantenía las manos en los bolsillos de su abrigo, sus dedos acariciando la culata de su Glock. El peso del anillo de sello de Pietro Castiglione, guardado en el bolsillo de Alessandro, parecía emitir una frecuencia de radio que solo sus instintos de depredador podí
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