Una semana después, todo se sentía muchísimo mejor.Fue una semana de reposo forzado, sí, pero repleta de comida exquisita y una vigilancia tan estricta que hasta para ir al baño parecía que necesitaba un permiso por escrito, firmado y sellado por Kilian.No fue fácil, pero lo logré.Sasha y yo éramos las consentidas de la casa Volkov. Tanto Anastasia como los chicos no escatimaron en atenciones, lo que también hizo que el tiempo pasara más rápido.Lo único que nadie vigilaba, porque aún no lo sabían, era el pequeño secreto que crecía dentro de mí.Por suerte, seguía sin síntomas. Nada de náuseas, ni una sola gota de cansancio profundo, ni tampoco dolores de cabeza. Kilian, sin embargo, se había transformado en una máquina de investigación paternal.Y no exageraba.—Mira esto... —me dijo una noche en nuestra habitación, mostrándome con emoción su teléfono—. Guarderías con nivel de seguridad máxima. Están en Suiza.Oh, no.—Tiene el tamaño de un guisante, Kilian —me reí, dándole un cod
Leer más