(Kilian)
—¡¿Cómo carajos la dejaron salir?! —grité, sin importarme que mi voz espantara al gato, quien estaba dormido en el sofá.
Los guardias y los choferes estaban completamente rígidos, sus rostros demasiado pálidos. Sabían que habían metido la pata a lo grande y que los mataría por eso.
Joder, Nadia.
El viejo chofer con el que se había ido mi prometida no levantaba la vista del suelo, ni tampoco hacía ningún movimiento.
Tenía demasiado tiempo trabajando para mí y me sorprendía que hubiera s