Caminaba a paso firme hacia donde estaban los autos, actuando como si no estuviera muriendo por dentro, con una confianza que no sentía en absoluto.
Los choferes estaban junto a la puerta, conversando en voz baja. Al verme, se enderezaron y dieron un paso hacia adelante.
Aquí vamos…
—Buenos días, señorita Vega —me saludó el más joven de ellos, con un respeto total—. ¿Necesita algo?
—Prepárenme un auto, por favor —les ordené, con la voz más firme de la que me sentía capaz; no podía flaquear o el