—¡Kaiser! —me reí, casi cayendo al suelo por el peso del pastor alemán, quien me lamía la cara con entusiasmo. Nos había echado de menos—. ¡Te extrañé, chico malo!
El perro ni siquiera miró a Kilian, quien observaba la escena con las manos en las caderas y una expresión de indignación fingida.
—Traidor —bufó él, sin estar verdaderamente molesto—. Soy yo el que te da de comer.
—El amor no se compra con croquetas premium —le saqué la lengua, enterrando mi cara en el pelaje suave y brilloso de Kai