—¡Julián! —gritó con un hilo de voz que se desgarró en la noche.Sus ojos buscaban desesperadamente entre las sombras del muelle, tratando de distinguir cuál de los dos hombres había caído bajo el plomo.El miedo la paralizaba; la posibilidad de que Julián, el hombre que le había devuelto la fe en la vida, estuviera herido, era un dolor que no podía procesar.Sin embargo, la realidad se reveló con una crudeza asombrosa.Bernardo Greco comenzó a tambalearse, alejándose de Julián con movimientos erráticos.Su mano se presionó con fuerza contra un costado de su vientre, y casi de inmediato, un líquido espeso y oscuro comenzó a filtrarse entre sus dedos. Estaba herido.El rostro de Greco, que minutos antes desbordaba una soberbia demoníaca, ahora era un mapa de pánico absoluto y una incredulidad desgarradora.Julián se quedó de pie, observándolo. Sus ojos bajaron hacia la pistola que ahora yacía en el suelo de madera, inerte.En su pecho, a pesar de todo el daño recibido, no brotó odio, si
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