Cuando Julián regresó encontró el rostro sereno de Elyna. Dormía con una calma, una que él no podía tener.Se recostó a su lado con extrema cautela, temiendo que su propia agitación pudiera despertarla.Julián se sentía derrotado, una sensación que su orgullo de hombre poderoso no solía permitirle.El miedo, ese frío que le recorría la columna, no era por él, sino por la paz que tanto le había costado construir junto a ella.Ese hombre, Bernardo Greco ese fantasma que creían muerto, aún no lo estaba, pensó que, si estaba vivo, sería lo peor que podría pasar, él podía volver a destruir su mundo y una vez casi lo consigue, si volvía a suceder, ¿tendría tanta suerte?Julián juraba que lo mataría, pero no podía encontrarlo aún, y sus amenazas resonaban en la mente de Julián como el tic-tac de una bomba de tiempo.Cerró los ojos, pero el descanso fue una ilusión; la guerra apenas comenzaba.***La mañana siguiente no llegó con el canto de los pájaros, sino con un estruendo que rompió la fra
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