Cuando Julián regresó a casa aquella tarde, su sola presencia alteró el equilibrio del lugar.
No hizo falta que pronunciara una palabra; su rostro apagado, la rigidez de su cuerpo y la forma en que cerró la puerta con excesivo cuidado fueron suficientes para que Elyna supiera que algo grave había ocurrido.
Algo que no se podía deshacer.
Avanzó despacio por la sala. Elyna estaba sentada en el sofá, revisando unos documentos que apenas lograban captar su atención, mientras Lucero jugaba en el suel