El aire en el vestíbulo de la corporación Altamirano era gélido.
Julián cruzó las puertas automáticas de cristal con un paso que denotaba una seguridad que, por dentro, empezaba a agrietarse.
Tenía un mal presentimiento instalado en la boca del estómago, una punzada amarga que le advertía que el suelo bajo sus pies estaba a punto de ceder.
No caminaba solo. A su lado, Gerardo mantenía una expresión de acero, mientras que Johnson y el equipo de guardaespaldas formaban un muro humano detrás de ell