—¡Julián! —gritó con un hilo de voz que se desgarró en la noche.
Sus ojos buscaban desesperadamente entre las sombras del muelle, tratando de distinguir cuál de los dos hombres había caído bajo el plomo.
El miedo la paralizaba; la posibilidad de que Julián, el hombre que le había devuelto la fe en la vida, estuviera herido, era un dolor que no podía procesar.
Sin embargo, la realidad se reveló con una crudeza asombrosa.
Bernardo Greco comenzó a tambalearse, alejándose de Julián con movimientos e