Julián comenzó a reír.No fue una risa abierta ni espontánea, sino un sonido breve, seco, medido. Una risa que no buscaba contagiar alegría, sino imponer presencia.En cuanto resonó en el aire, el ambiente cambió. La tensión, que ya era espesa, se volvió casi irrespirable, como si todos comprendieran de pronto que aquel hombre no estaba improvisando nada.—Soy Julián Altamirano —dijo con voz firme, sin elevar el tono—. Y nadie secuestró al niño.No hubo necesidad de alzar la voz.Su seguridad hablaba por él. Los policías se tensaron de inmediato, intercambiando miradas rápidas, incómodas. Ese nombre no les era ajeno.Antes de que alguien pudiera responder, el pequeño Elías dio un paso al frente.Su rostro estaba empapado en lágrimas, la nariz roja, los labios temblorosos. Se aferró con fuerza a la pierna de Elyna, como si soltarla significara desaparecer.—¡Ella es mi mamita! —gritó con desesperación, apretándose más contra ella—. ¡No me hizo daño! ¡Yo me escapé de casa! ¡No me quiten
Leer más