En la sala de maternidad, Kelly gritaba con un dolor que parecía arrancarle el alma.
Cada contracción la hacía doblarse, temblar y suspirar entre lágrimas. Su respiración era irregular, entrecortada, mientras la desesperación la invadía por completo.
Estaba sola, con el corazón latiéndole desbocado, y lo único que podía repetir entre sollozos era:
—¡Esteban, Esteban! ¡Dónde estás!
Pero Esteban Senegal no estaba. Ni siquiera había una pista de su presencia en la habitación del hospital, y eso hac