Esteban comenzó a buscar a su hijo con una desesperación que le arañaba el pecho desde dentro, como si algo vivo se retorciera bajo sus costillas.Caminaba de un lado a otro de la casa sin rumbo, con pasos erráticos, las manos crispadas y la respiración irregular. A ratos se detenía, como si esperara, escuchar una voz infantil llamándolo, pero lo único que recibía era el eco del silencio.Un silencio cruel.Cada rincón de la casa parecía burlarse de él. Las paredes, los pasillos, incluso los muebles, conservaban una calma insultante. Elías no estaba. No en la sala, no en el patio, no escondido detrás de las cortinas, como solía hacerlo cuando jugaba.Entró en la habitación del niño y su ansiedad se transformó en un miedo más profundo. Todo estaba intacto.Demasiado intacto. La cama sin desorden, los juguetes alineados con un cuidado casi enfermizo, el abrigo colgado en el respaldo de la silla, justo donde siempre.Aquello no tenía sentido… y, sin embargo, el presentimiento de una desgr
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